04 julio 2007

LA FAROLA DEL PUENTE

Su autor fue Don Porfirio Ordás, hombre inteligente y muy entusiasta del CARMEN, y en general un cangués amante y enamorado de su pueblo, y que fue Alcalde, y buen Alcalde, de Cangas. Este hombre era de naturaleza emprendedora y con aficiones inventoras, y no paró hasta conseguir la intermitencia de la farola por medio de la fuerza hidraúlica, modelo palpable de sencillez y efectividad, que sigue hoy lo mismo que antes. No era moco de pavo lograr hacer funcionar dicho adminículo, y al parecer, el primer año que lo logró, fué un verdadero espectáculo, y fue una de las atracciones de las fiestas, y la fama de inventor de Don Porfirio traspasó nuestras fronteras, a pesar de que ya era muy conocido como fabricante de aquella gaseosa tan lograda, que hacía estornudar, y dejaba el cuerpo como un reloj, nada más tomarla, de buena que era, que envasaba en aquellas botellinas pequeñinas, de bola, que había que apretar con el dedo y llevar a la boca enseguida, pues sinó se derramaba sola, como el mejor champán; tanta era su fuerza y sus buenas cualidades. Recuerdo que estas gaseosas no faltaban nunca en el descanso de los partidos de futbol en el Reguerón, pues eran el mejor sedante y alivio para el esfuerzo de nuestros campeones del NARCEA, y que los chiquillos andábamos detrás de los jugadores, para que nos dejaran el culín final, que bebíamos con verdadera ansia y satisfacción, o sea, "las recuderas".

Este señor Don Porfirio vivía también en Ambasaguas, en la Casa que aún hoy lleva su nombre, y allí tenía su bodega, vendiendo el vino de su cosecha, pues era propietario de buena extensión de viñedo. Quiere esto decir que esta bodega, que era más bien propia de la temporada del CARMEN, tiene su solera y categoría, que en la actualidad supo proseguir un rapaz emprendedor y listo que se llama Eduardito, como su padre, de grato recuerdo entre los cangueses, por sus golpes de simpatía, que sería interesante poder recoger para la posteridad, y que es penoso que se pierdan, como sucede con otras cosas, que luego lamentamos.


Por Manolo Román en su libro "Cachinos de Cangas"